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La caída del autor

Por Roberto Cossa
Hasta hace poco más de medio siglo, estaban vivos y escribían para el teatro Bertolt Brecht, Samuel Beckett, Eugene O’Neill, Arthur Miller, Tennesse Williams, Eugene Ionesco, por nombrar a algunos. Había otra veintena de dramaturgos de gran nivel que estaban en el Parnaso de la literatura. Sus obras circulaban por todo el mundo y provocaban, con su sólo nombre, la atracción del público. Beckett y O’Neill fueron galardonados con el premio Nobel de Literatura.

Hoy ya no existe un dramaturgo de esas proporciones. Los últimos que alcanzaron ese prestigio literario en años posteriores fueron el italiano Darío Fo, actor-autor (más actor que autor) y el británico Harold Pinter, quienes también recibieron en Premio Nobel. Fo en 1997 y Pinter en 2005. Posiblemente, un intento de la Academia Sueca por revalorizar el rol literario de la dramaturgia.

Hoy por hoy, autores de grandes textos teatrales pasan desapercibidos. Un caso concreto –sólo por nombrar uno– es el de Copenhague, una obra que puso en escena el Teatro Municipal San Martín con un éxito enorme, a tal punto que el teatro debió reponerla más de una vez, una costumbre que no es habitual en los espacios oficiales. Si bien la puesta (Carlos Gandolfo) y el trabajo de los actores (Juan Carlos Gené, Alberto Segado y Alicia Berdaxagar) eran impecables, lo que restallaba en el escenario era el texto. El nombre del autor pasó desapercibido y pocos somos hoy los que lo retenemos: el británico Michael Frayn.

¿Qué pasó? ¿Cómo pudo desbarrancarse una disciplina que le dio al mundo pilares literarios como Sófocles, Shakespeare, Chejov o Molière, también para nombrar unos pocos?

Debo aclarar que esos autores siguen en el Parnaso y sus obras son repuestas una y otra vez en todas partes del mundo. ¿Qué pasó con nuestros contemporáneos? ¿Qué pasó con el valor literario de la dramaturgia?

Lo primero que hay que decir es que no hay “culpables”, ni “enemigos”. No se puede cargar contra el imperialismo, ni contra la CIA, ni contra el Fondo Monetario Internacional. Ni siquiera contra los empresarios comerciales. Es un fenómeno cultural, cuyo origen se puede rastrear en la década del cincuenta y que fue avanzando, sin parar, hasta nuestros días.

El cambio se inició en el escenario. Alguna vez un director se preguntó por qué tenía que someterse a los dictados del dramaturgo, que no sólo aportaba la historia y las palabras, sino también la guía para la puesta en escena. ¿Qué soy yo; un representador? ¿Un sometido? Con el paso del tiempo, esta tendencia se fue acentuando. Por supuesto que, más allá de las circunstancias culturales, se trata de una disputa por el poder, por ver quién ocupa el centro del ring. O mejor dicho, el centro del escenario. Que, si vamos al caso, es siempre de los actores. El director de teatro se siente deslumbrado por el rol que ocupan sus colegas en el cine. En cine, el director es la estrella. Una película de… ¿Por qué no un espectáculo de…? El recordado Jaime Kogan, un gran director desaparecido prematuramente, solía decir: “Yo soy el autor del espectáculo”. Algo de razón tenía.

Pero llegamos a nuestros días y esta tendencia se impuso. Y, con esa tendencia, la falta de respeto al texto. Hoy por hoy, un autor puede asistir a la representación de una de sus obras, no en una sala importante, ni siquiera en un espacio alternativo, sino en un pueblo de provincia y comprobar cómo un grupo amateur aplica cortes a su texto y hasta pueden agregar una escena. El texto es un pretexto, me dijo un director alguna vez.

De hecho, a los dramaturgos nos echaron de la literatura. Hace unos años un diario hizo una encuesta entre 100 escritores contemporáneos para que eligieran a los tres autores argentinos que más le importaban. Por supuesto, el diario no convocó a ningún dramaturgo, ni tampoco los encuestados mencionaron a ninguno entre los trescientos elegidos.

El ninguneo del autor puede comprobarse de manera permanente. Basta con echar el ojo en la prensa escrita o poner la oreja en la prensa hablada de la radio. Aparecen notas enteras a los responsables de un espectáculo (generalmente actores y actrices) que se la pasan elogiando la historia, el personaje de la obra que están representando, tirándole flores al director y se olvidan del autor. ¿Quién es el creador de la historia? ¿Quién inventó el personaje que lo conmueve? Salvo que sea un clásico o un autor muy prestigioso, el resto es silencio. Lo mismo ocurre en las ceremonias de entrega de premios. Hace poco le escuché decir a un importante actor, refiriéndose al también importante director de un espectáculo, que “cuenta como nadie”. ¿Qué es lo que cuenta el director? El cuento del autor. Porque, además, se trataba de una obra tradicional.

Algo hay de orgullo lastimado en lo que escribo. Es cierto. Pero los autores tenemos que tener en cuenta que, en esta vida, el que pierde prestigio pierde derechos. Aún así, los autores no nos achicamos. Todo lo contrario, cada día se escribe más. Eso sí, muchos autores de la nueva generación –y algunos veteranos– encontraron la forma de protegerse: dirigen sus propias obras. El peligro es que, a veces, parecen más directores que autores.

El teatro ha sufrido una profunda transformación en pocos años. No está bien, ni está mal. De última, toda la sociedad ha sido sacudida. Piensen en los tipos de mi generación. Tuvimos una infancia con heladera a hielo y ahora usamos banda ancha.

Se impuso la cultura de la imagen por sobre la palabra. En el teatro se lo ve muy claro. Y el más golpeado es el dramaturgo. Por lo menos el dramaturgo tradicional. Ya casi nadie lee una obra de teatro por el placer de la lectura. Lo hacen los especialistas y los actores que andan a la pesca de un personaje que los atraiga.

De todas maneras, queda un refugio. En algunas escuelas los alumnos leen obras de teatro. Con una característica: lo hacen en voz alta, cada uno lee un personaje; es decir, “interpretan” el texto. Y, según me cuentan algunos profesores, esta manera de llegar a la literatura los divierte mucho más que la lectura estática de la narrativa.

Por eso no me canso de decirlo. Los dramaturgos somos privilegiados. Porque, entre la gente común, ¿quién lee hoy el Quijote por el placer de la lectura? Pocos. Pero son muchos los que todos los días presencian una versión de Romeo y Julieta en alguna parte del mundo, más allá de los cambios que los directores quieran introducirle.

Las academias literarias nos dicen que estamos muertos. Es posible, pero donamos los órganos. Y revivimos cada vez que un texto vuelve al escenario.

Pero también tenemos que preguntarnos: ¿el dramaturgo es un escritor? ¿Por qué, quien puede ser el dueño total de la obra, escribe una partitura que no nació para ser leída sino para que otros la suban al escenario? ¿Por qué, pudiendo ser dios tiene que depender del vicario?
Pero así son las cosas. Mucha culpa tuvieron los dramaturgos que escribieron pensando en el libro y no en el escenario. Cargaron sus textos de palabras solemnes que pensaron que los iban a llevar a la inmortalidad. Sobreviven aquellos que entendieron que, en teatro, la palabra debe provocar una acción. Una acción que pueda corporizarse en una persona, el actor, la actriz, que son los verdaderos poetas del espectáculo.

Porque, en definitiva, el teatro está más cerca del prostíbulo que de la Academia.
Miradas al Sur



Actualizado : 23/06/14 12:00 AM

 
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